Archivos Mensuales: octubre 2013

CARTA (VIII): “Quizas todo placer sea alivio”*

El anciano que no me dejo ver la ultima capsula…

Te sientas y olvidas todo lo que te rodea, la (ir)realidad se difumina, pierdes el conocimiento cuando sacas la aguja del brazo,  las cortinas cerradas,  empieza hablar una vez más, es extraño que no deje de hablar, se la pasa hablando, me cuenta sus historias.

Al final le comenté: tú no dejas de ser más que un yonqui más.

Me miro, y puso cara de incertidumbre, me pregunto que si me encontraba bien, que a la mejor ya me estaba afectando el calor, pero ya faltaba poco para llegar al pueblo,  ya se oyen ladrar a los perros, y la vaca debe seguir en el rio desbocado.

Me sentía desfallecer, recuerdo las cortinas de aquella habitación de drogadictos y la tierra que quemaba a cada paso en el desierto, dirigiendonos hacia la tierra que nos han dado. Y el ahí tan cerca de mí, susurrándome: “Te cansarás primero que yo. Llegaré adonde quieres llegar antes que tú estés allí -dijo el que iba detrás de él- Me sé de memoria tus intenciones. Quién eres y de dónde eres y adónde vas. Llegaré antes que tú llegues”♦ Y yo sin entender sus palabras en este vagón de metro, mientras trato de cubrir  con mi periódico a S. para poder robar la cartera a los vagabundos que duermen,  para poder comprarnos algo, “algo” si sabes a lo que me refiero ¿cierto?, porque nosotros teníamos “hambre” y corre el rumor y: “Dicen en la calle que yo estoy loco porque jamás se me acaba el hambre”♦

Pero teníamos que seguir creciendo, porque  cuando uno deja de hacerlo se empieza a morir, pero nosotros no, nosotros nunca dejamos de crecer, porque no saciamos nuestra hambre nunca: “La droga no es como el alcohol o la hierba, un medio para incrementar el disfrute  de la vida. La droga no proporciona alegría ni bienestar. Es una manera de vivir”
Y ahí está de nuevo, no se calla; y nosotros lo cargamos para llevarlo al pueblo, pero Natalia y yo queremos que ya se muera, que el sol se deshaga de él, para  poder estar juntos para siempre. y no como esta noche  donde él  duerme con ella, con ella la que  me hace pensar en: “Lo que busco en cualquier relación es un contacto al nivel no verbal de intuición y sentimiento, es decir, un contacto telepático”* y yo: “Solamente tenía un rato de sueño, al amanecer; entonces se dormía como si se entregara a la muerte” ♦

Así nos levantamos y nos damos cuenta que ya está muerto, que tenemos que enterrarlo, antes de que ladren los perros, antes de que me maten, pero diles que no lo hagan, porque  de pronto: “Sentí el impacto físico del miedo a la muerte; el corte de la respiración; la detención de la sangre”* Ahí en esa habitación, con la piel ya tan azul, sin poder respirar, con ese maldito que no deja de seguir hablando y contando sus historias de yonquis, y yo muriéndome por la porquería que me ha vendido, y el imbécil cree que no me doy cuenta que se roba mi cartera y mi droga.

Por eso me largo de aquí por todo esta inmunda suciedad, por eso me largo  y por que mate a  mi hermano. Por eso: “Me siento dispuesto a irme al sur en busca de un colocón que abra horizontes en vez de cerrarlos, como la droga. Colocarse es ver las cosas desde un ángulo especial. Es la liberación momentánea de las exigencias de la  carne temerosa, asustada, envejecida, pirajosa.  Tal vez encuentre en el yague lo que he estado buscando en la heroína, la hierba y la coca. Tal vez encuentre el colocón definitivo”* Pero: “Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros. Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero sí, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza. Pero el pueblo está todavía muy allá. Es el viento el que lo acerca. Hemos venido caminando desde el amanecer. Ahorita son algo así como las cuatro de la tarde. Alguien se asoma al cielo, estira los ojos hacia donde está colgado el sol y dice: —Son como las cuatro de la tarde. Ese alguien es Melitón. Junto con él, vamos Faustino, Esteban y yo. Somos cuatro. Yo los cuento: dos adelante, otros dos atrás. Miro más atrás y no veo a nadie. Entonces me digo: «Somos cuatro.» Hace rato, como a eso de las once, éramos veintitantos; pero puñito a puñito se han ido desperdigando hasta quedar nada más este nudo que somos nosotros.”♦

Pero yo me voy atrasando del resto mientras  te escribo todo esto, pero también porque el sol ya me pesa tanto en la cabeza y “Faustino dice: —Puede que llueva. Todos levantamos la cara y miramos una nube negra y pesada que pasa por encima de nuestras cabezas. Y pensamos: «Puede que sí.»”♦

Y entonces me veo cerrando cada vez más los ojos, donde la oscuridad me gana a cada paso, y ahí está de nuevo la habitación con estas cortinas cerradas, bloqueando la luz del sol, el anciano que me sigue contando toda su historia y vuelven a cerrarse las guillotinas lentamente y la oscuridad, se abre paso y las siluetas de los tres ya ten lejos de mi y el calor en este  llano tan grande  y “Cae una gota de agua, grande, gorda, haciendo un agujero en la tierra y dejando una plasta como la de un salivazo. Cae sola.”♦ y la oscuridad de nuevo, y ese mocoso diciéndome: tu no dejas de ser mas que un yonqui mas… mientras le contaba toda mi historia en esta habitación,  pero me invade un desconcierto, ¿cómo llegue aquí?   ¿Y los otros tres en el llano?  ¿Y la gota? y la ultima capsula que me quedaba en la mano, abrir, sacar todo para inyectármela, perderme nuevamente en el ultimo-falso colocón; y ya estoy “experimentado la angustiosa privación que provoca el síndrome de abstinencia”

Por eso te escribo tan ya lejano en el tiempo, por eso mismo deje de escribirte, porque me he perdido en el tiempo, porque el tiempo se ha modificado, porque el tiempo para los yonquis es muy diferente, y lo he comprobado, lo he sentido en todas las células, en la  piel, en los huesos, por eso te escribo en esta abstinencia tratando de salir de toda esta porquería, por eso y porque te extraño tanto…

Pero el anciano ha dejado de hablar y ya prepara la maldita capsula,  y yo… y yo tengo que controlar este temblor en las manos,  este sudor en todo el cuerpo, este “placer  del alivio cuando las células sedientas de droga beben de la aguja”*

P.D.
“Quizás todo placer sea alivio”*

¿Hasta la próxima?

 

* Fragmentos de “Yonqui” de William S. Burroughs

♦ Fragmentos de “El llano en llamas” de Juan Rulfo